Hoy es 1 de abril de 2026. Han pasado 365 días desde que decidí detenerme… y mirarme con honestidad.
Me fui. No por impulso, no por cansancio momentáneo, sino por convicción. Recuerdo ese día con claridad: documento en mano, lista para cerrar una etapa. No fueron una ni dos las voces que me pidieron quedarme. Incluso me ofrecieron una salida más cómoda: una licencia, un paréntesis sin ruptura. Pero no era eso lo que necesitaba. Necesitaba irme de verdad.
Y lo hice.
Ha sido, sin duda, una de las mejores decisiones de mi vida. Fui feliz. Respiré sin prisa. Volví a mirar a las personas a los ojos, a valorar lo cotidiano, a reconocer el peso real de cada historia que se cruza en mi camino. Conocí nuevas vidas… y, de alguna forma, también transformé algunas. La vida, generosa, me devolvió más de lo que imaginé.
Pero hubo un espacio en mis adentros que no pude llenar.
La medicina no siempre se elige por vocación pura. A veces empieza como un camino, casi por inercia. Pero los años hacen lo suyo: te moldean, te confrontan, te enseñan. Y un día entiendes que quien te busca, no lo hace por casualidad… lo hace porque te necesita.


En mi caso, me buscan desde lejos. Desde otras ciudades, incluso desde otros países. Me esperan horas enteras afuera de un consultorio. Llegan recomendadas, confiando en una palabra, en un nombre. Mis consultas siempre estuvieron llenas… y, aun así, nunca aprendí a decir que no, porque sé que detrás de cada espera hay una historia que merece ser escuchada. Y eso… eso siempre me ha honrado.
El hospital, sin embargo, es distinto. Ahí no todos llegan por elección llegan porque el sistema decidió por ellas, porque el azar los colocó en un consultorio, en un turno, en una lista, ya luego me buscan hasta por debajo de la tierra. Y ahí es donde uno realmente ve el Perú que no se muestra, la Lima que no se publica, las vidas que no avanzan, que no viven… sobreviven, pacientes que comen hoy porque trabajaron ayer, pacientes que, si hospitalizas, dejan a una familia entera sin sustento, historias que incomodan… porque son reales.
Eso fue lo que me faltó este año.
Atendí a muchas, sí, de distintos contextos, distintas realidades, pero las más vulnerables… casi no llegaron, y sé_ con absoluta certeza_ que aún tengo demasiado por darles como para darme el lujo de ser egoísta a mis 42 años.
Volver no es sencillo, implica renuncias, implica dejar espacios valiosos de mi vida personal, implica, otra vez, elegir el sacrificio (Pausa, tres respiraciones profundas), pero entendí algo: no es que tenga que hacerlo… es que quiero hacerlo. ¿Me gusta? —no— me encanta lo que hago y sé que, en algún momento, encontraré una forma más equilibrada de vivirlo, pero hoy… hoy elijo volver, por ellas, por la paciente que llega con una caja de lentejitas después del parto, por la que te regala un polo de capibara con una sonrisa inmensa, por la que trae un panetón en una caja aplastada porque la combi iba llena y el camino fue largo, por la que te abraza en la puerta… y te pide una foto con su bebé.
Hoy, a las 12:31 del mediodía, he regresado. Había globos, mi nombre al fondo, frases que no se olvidan: “la necesitábamos”, “por fin volvió”, “bienvenida”. Hubo una oración. Hubo bendiciones, estuvieron ellas… las de siempre, las que sostienen, las que contienen, las que hacen posible que este lugar siga siendo humano, las residentes, las enfermeras, las técnicas, las obstetras, las secretarias. Mis incondicionales.
No sé aún dónde me tocará estar. No sé cómo serán los turnos. No hay certezas, pero hay algo que sí es seguro:
Donde sea que me encuentren, pregunten, consulten, aprendan, cuestionen, para mí siempre será un privilegio acompañarlas.
No existe una buena profesional si no eres una buena persona.
Entonces… como decíamos ayer.


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