Han sido días aciagos…
—¿Dra. Híjar?
—Sí.
—Por favor, quisiera que se haga cargo de mi familiar. Está complicada en este momento y me hablaron de usted. ¿Podrá hacerse cargo?
La única respuesta que conozco, en mi profesión y en mi vida, es: sí.
Estos días han sido difíciles. Medicina humana es el nombre de la carrera que marcamos en el examen de admisión. “Humana” resuena siempre en mi cabeza cuando tengo una paciente al frente.
Si bien, en esos días también tuve un parto que fue genial: el bebito espectacular, la mamá también y la familia feliz; al otro lado tenía una paciente por la que tenía que venir, como mínimo, dos veces al día y quedarme horas viendo su evolución, sus exámenes…

Para nosotros no existen domingos, no existen feriados, simplemente son horas de vida, horas que se ganan, horas que se pierden…
Y detrás de esa paciente, de nuestra paciente, hay toda una familia: una madre, un padre, la pareja, las hermanas, la suegra… todas y todos pendientes al minuto, al segundo de cualquier desenlace.
El pronóstico era reservado y la situación, muy complicada. La preeclampsia mata. La preeclampsia es una de esas enfermedades en las que, por más que pongamos el cerebro, el corazón y la vida para salvar a nuestra paciente, los resultados pueden no acompañarnos.
Por ello, me resisto a usar el término preeclampsia leve, prefiero usar preeclampsia sin signos de severidad o preeclampsia severa.
Estos casos no son los que me gusta compartir, pero es necesario hacerlo.
Hoy pasaba visita médica y una paciente tenía siete gestaciones y no quería utilizar ningún método anticonceptivo. Otra tenía un hijo y, cuando le pregunté con qué pensaba cuidarse, me respondió:
—Pero es el primero.
Tuve un silencio en redes de varios días.
No me sentía emocionalmente bien, no me siento bien, aún.
Mi paciente querida tuvo que ser referida a un hospital con Unidad de Trasplante Hepático. A pesar de tener casi todos los recursos_ ecografías, radiografías, resonancias, tomografías_ era necesario algo más.
La conocí durante pocos días. No tuve la oportunidad de hacerle el control prenatal, pero sí pude conectar con ella y con todo el amor que su familia le daba.
El último día salí a informar a la familia, como lo hice todos los días, religiosamente, mientras estuvo hospitalizada a mi cargo. Les di la mano a todos y todas… A la madre le di un abrazo, sin dudas, ella era la más fuerte porque, a pesar de todo, seguía manteniendo la fe y la esperanza, y una sonrisa de agradecimiento, a pesar de todo…
¿Con qué me quedo? Que la preeclampsia mata. Ya lo sé, pero me quedo con varias imágenes en mi cabeza: Con la suegra preocupada, queriendo ingresar al informe en cuidados intensivos, con la hermana abordándome afuera y contándome que estaban todas muy preocupadas, con el esposo pidiéndome mirarla, al menos un ratito más, estirando su cabeza tras las lunas…

Y con la madre, una señora mayor, la matriarca la cabeza de la familia, que sintió sus pataditas, que fue la primera en conocerla… quien cuando ingresó a verla a cuidados intensivos, le cogió la mano y la besaba mientras empezaba a rezar.
Podría seguir ensimismándome en esto, pero hay más pacientes que me buscan. Hay más vidas valiosas.

Debo ir a ver a la otra familia, a las otras familias, a la que acaba de darle la bienvenida a Ámbar, a Lucas, a Tarek; a la que me recibe con un abrazo y me felicita con una sonrisa de oreja a oreja.
Sonrío, porque estoy feliz, pero al mismo tiempo estoy muy triste… No tengo tiempo de sentir mucho, creo que aprendí a seguir a mi corazón y mantener mi sonrisa.
Aunque a veces me resista, debo seguir…


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